María Pagés, baile
Ana Ramón, Cristina Pedrosa, cante
Rubén Levaniegos, guitarra; Sergio Menem, violoncello; David Moñiz, violín; Txema Uriarte,
María Pagés, El Arbi El Harti, dirección
María Pagés, Coreografía, dirección musical y diseño de vestuario
El Arbi El Harti, dramaturgia
Rubén Levaniegos, David Moñiz, Sergio Menem y María Pagés, música
Élégie de Fauré - adaptación y arreglos de Sergio Menem
El Arbi El Harti, letras
Pau Fullana, diseño de iluminación
María Pagés y El Arbi El Harti, escenografía
Enrique Cabañas, diseño de sonido
Álvaro Guisado, coordinación técnica e iluminación
Enrique Cabañas, sonido
Álex Pintado, regiduría
Habib El Harti producción y comunicación
María Alperi, fotografías

Paraíso de los negros es una coreografía flamenca que toma como savia propia la tensión entre los principios de libertad y autoridad que atraviesan a Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, la esencia de los opuestos que destila la obra homónima de Carl Van Vechten, la filosofía telúrica de la negritud de Leopold Sedar Senghor y la reivindicación del deseo negro de Nina Simone. La negritud es aquí un eco semánticamente cómplice en donde retumban los mismos y eternos conflictos que tienen a la Humanidad secuestrada por su propia naturaleza asimétrica.
Paraíso de los negroses una obra sobre la perpetua búsqueda de felicidad. Explora los límites y las limitaciones humanas que, tomando la apariencia de distintos rostros, embarran y contaminan el camino del derecho al deseo; ausculta las figuras y las apariencias, siempre líquidas e inasibles, que embargan el aliento del libre albedrío y dialoga con las barreras que se imponen como una guillotina sobre el cuello de las utopías o como imágenes, pensamientos y sentimientos que se levantan como murallas incontenibles para invisibilizar al Otro. El Otro como extensión del deseo y no como enemigo. Aquí, el principio lorquiano de libertad es un pájaro atrapado en una ramita untada de cola.


Si hay algo que pueda definir la singularidad creativa poliédrica de María Pagés, es su arraigado sentido ético de la cultura. Ella crea porque está convencida de que el arte lleva, en su esencia y en la emoción que lo produce, un profundo compromiso con la vida y con la memoria, tomada en su sentido orgánico, integradora de la singularidad del Yo y de la diversidad del Otro. Para esta artista sevillana, iconoclasta por naturaleza, que ha hecho de la danza y del flamenco su patria poética, la modernidad es la tradición en movimiento y el dinamismo de nuestros lenguajes e ideas. Su aportación creativa y estética reside en su serenidad al hablar sin complejos con todos los lenguajes y hacer que acepten la hospitalidad mítica del flamenco. Utilizando los códigos fundamentales del lenguaje flamenco e investigando dentro y fuera del mismo, Pagés ha demostrado ser una pionera en el entendimiento del flamenco como un arte en evolución, contemporáneo, vivo, generoso y hospitalario. Ha superado en sus coreografías los estereotipos y diferencias culturales, porque está convencida de que el diálogo entre los lenguajes artísticos favorece una mayor comprensión de la verdad orgánica del arte y de la vida.
La danza para ella es una permanente introspección creativa sobre el devenir. Desde la contemplación crítica necesita ubicarse, pero no desollarse; verse con serenidad y valentía como lo que es, una mujer, un ser humano bello por su humanidad imperfecta. Su labor ética y creativa es transformar las asimetrías en una fuente de belleza y de emoción. ¿No es ésa la tarea fundamental del arte? Desde su sensibilidad matemática, construye sus coreografías en torno a la poesía y a la música que engloba desde los ritmos de John Lennon hasta Verdi y Paco de Lucía. Su creatividad está atravesada por poetas como Sor Juana Inés de la Cruz, Machado, Baudelaire, Benedetti, Octavio Paz, Lorca, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Rumi... La poesía constituye el camino dramatúrgico del viaje del descubrimiento del Yo enfrentado a su propia desnudez y a su propia naturaleza, llena de sombras y alguna que otra luz, que hace posible que podamos vislumbrar una línea tenue de la felicidad, para buscarla indefinidamente.